Historia

Dicen que doña Cecilia les relataba a sus hijos, por la noche y justo antes de dormir, la trama de las óperas más famosas como si se tratara de cuentos de hadas, pero que también, en algunas otras ocasiones retiraba las cobijas de las camas de la casa familiar para llevarlas a las presas recién llegadas a la cárcel de mujeres, donde por años apoyó la labor pastoral del padre Eusebio Mendoza.

La suya no era una creencia religiosa de costumbre semanal, sino una práctica constante, apasionada, comprometida, de las que exigen sudor y lágrimas. En ese compromiso, estuvo sumida desde joven en su Italia natal, como presidenta de movimiento Acción Católica, y más tarde en el Bronx neoyorkino, hasta donde incursionaba para dar catecismo y escuchar los problemas de las jovencitas.

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Cecilia Saviñón Tonti de Loría, quien partió a la eternidad apenas la anterior noche de ‘Reyes’ en la tranquilidad de su casa de siempre en el Club Campestre, fue hija de diplomático mexicano y de una danesa de padre italiano que hablaba seis idiomas. Tras su llegada a México y de hacerse actriz en Bellas Artes, bajo la dirección del legendario Seki Sano, acabó prendada de un médico e investigador con el que formó una familia queretana de seis hijos.

“El secreto es no dejarse vencer nunca”, me dijo encubierta en sus intensos ojos azules una tarde de enero del 2011. Resumía con esa frase la lucha sin cuartel que la había llevado no solo a fundar el movimiento de Niñas Guía en Querétaro, a establecer clínicas de tenis por las que pasaron infinidad de deportistas, y a organizar prácticas de teatro para niños, sino también a fundar empresas de vida como los Hogares Providencia, que solo se pudieron crear y mantener por tres décadas gracias a la fuerza de voluntad y la entereza de una mujer como ella.

Aquella misma tarde, su hija Lourdes me dijo que su madre creía en las personas, porque las consideraba una obra perfecta del creador, y antes de juzgarlas tenía la convicción de que eran seres maravillosos. Eso seguramente, y el “ir de la mano de Jesús” como aseguraba, le permitió sobrevivir a situaciones muy difíciles.

 

Aunque no le gustaba, pues sentenciaba que “la obra de Dios no debe tener premios”, recibió muchas distinciones en vida: Desde el Premio Juan Caballero y Osio al mérito cívico, hasta el Josefa Vergara y Hernández del Ayuntamiento de su ciudad adoptiva; del “Volcán” de las Niñas Guía al que recibió de manos del entonces presidente Vicente Fox en el 2006. Este premio fue también a la mejor voluntaria del año, por su trayectoria. Es la única mujer que lo ha ganado 2 veces.

El último de los reconocimientos, el Premio Nacional de Acción Voluntaria y Solidaria, le fue entregado por otro presidente, Felipe Calderón, en diciembre del 2010.

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Mezzosoprano con estudios de canto en el Conservatorio de Santa Cecilia en Roma, gustaba de escuchar ópera y de escribir poesía, misma que logró editar en un libro. De ese su amor por la música y su empeño por vivir, escribió su nieta Cucuy Rodríguez en las redes sociales tras su muerte: “Me enseñó a caminar al ritmo de una canción”.

Ella caminó siempre con la confianza de una sonrisa por caminos empedrados de desesperanza, al paso de la melodía que le dictaba su corazón.

Fuente: Manuel Naredo Naredo. «La Flor de Querétaro: Caminando al ritmo de una canción». Periódico AM del 11 de enero  2015.